Hace ahora cuatro
años me embarcaba en un fracaso más: el principio de un diario. Aquel se
llamaba Crítica de la Argentina, lo iba a dirigir Jorge Lanata y yo a
subdirigir. Saldría en marzo de 2008; en esos días de verano lo estábamos
armando. Para contribuir a ese armado organicé un pequeño ayudamemoria que
titulé Por el estilo y subtitulé, swiftly, “Modestas proposiciones para
mantener la buena relación y convivencia entre los escribas del diario Crítica
y sus queridos puestos de trabajo”.
El que no las mantuvo fui yo. Duré
muy poco en mi puesto de –relativo– mando; no estaba muy de acuerdo con la
derrota general, y a poco de salir ya me había ido. El textículo siguió dando
vueltas por ahí, para uso sobre todo de colegas, pero nunca quise publicarlo; hasta
ahora –si es que esto puede llamarse publicar. Se habla tanto de periodismo,
últimamente; ésta, creo, es otra forma de hacerlo.
Esto no es un libro de estilo. Por no
ser, no es siquiera una libreta de estilo; sólo se trata de proponer ciertas
normas de estructura y escritura que unifiquen los criterios de redacción de
Crítica.
Pero, antes, una reivindicación
vibrante sentida entrañable inverecunda: nada nos importa tanto como construir
textos que produzcan placer, asombro, risa, indignación, ganas, respeto,
envidia, malhumor –o algo. De últimas, eso es lo que hacemos: captar la
atención de nuestro lector y producirle algo con cada texto que escribimos. Si
no queremos o podemos, todo bien: hay tantas profesiones honestas en el mundo.
Pero si sí, nuestra herramienta
central es la escritura. Un buen texto periodístico puede estar hecho de
megagigas de conocimientos previos, horas y horas de búsquedas y charlas,
descubrimientos increíbles, esperas infinitas, análisis sesudísimos,
revelaciones súbitas, pero nada de eso sirve para nada si no está bien contado.
Está claro que queremos escribir lo
más claro posible. La belleza no consiste en complicar al pedo: eso sería, más
bien, el kitsch del jarrón de porcelana y flores falsas. Pero sabemos que hay
cuestiones complejas que no son reductibles a la simplificación –y no queremos
simplificar lo complejo sino contarlo, analizarlo, explicarlo.
Lo que sí queremos es no complicar lo
simple.
Y sabemos también –debemos saber,
convencernos– que nuestros lectores no son tontos: son, por el contrario, gente
muuuuy inteligente y, por eso, ponernos a su altura merece todo nuestro
esfuerzo.
Esfuerzo, escucharon: dije esfuerzo.
Dice Alex Grijelmo, presidente de EFE y autor del Libro de Estilo de El País,
que el peor vicio del periodismo actual es “la pereza. Cada vez se está más
tiempo en las redacciones y se abusa de las notas telefónicas. Se sale poco a
ver la cara de la gente y los escenarios; aunque se llegue tarde a la nota,
siempre es mejor ver cómo era la calle y la casa de quien era el protagonista.
Padecemos de pereza mental –esto es no buscar mejores palabras y títulos
para nuestras notas–, y de soberbia, otro defecto.” Hay más, sin duda. Pero con
estos ya alcanza para cargarse cualquier texto.
Qué contar.
Lo primero es descubrir qué se quiere
contar y cómo. Parece obvio, y sin embargo. Es cierto aquello de que no hay
malos temas sino malos periodistas, pero un buen tema ayuda tanto. Y, sobre
todo, saber cómo encararlo. Entender lo que se va a contar. Dilucidar dónde
está el corazón de la cosa. Preguntarme qué quiero que entienda o se pregunte
el lector después de leerme. Qué va a hacer que valga la pena, qué lo va a
hacer distinto de lo que se cuenta cientos de miles de veces en todo tipo de
medios. Si algo me llama la atención especialmente, tengo que confiar en que
eso va a llamarle la atención a los demás: confiar en ese entusiasmo por las
cosas que me sorprenden o interpelan, y centrarme en ellas.
A menudo, notas que podrían haber
sido muy buenas pasan justo al costado del foco de la cuestión. Errarle por un
centímetro o por un kilómetro da lo mismo. Pero errarle por un centímetro es
más triste. Para ayudarse a buscar este foco –y ayudar al mismo tiempo al
progreso de esta noble institución– los periodistas deCrítica cuentan con una
herramienta inestimable: antes de empezar a escribir cada nota, deben componer
una pequeña síntesis de ella, que se usará, públicamente, para subir a nuestra
página web y, privadamente, para aclararse las ideas.
Estructura de los textos.
La lectura o no lectura de una nota,
en general, se juega en el primer párrafo: la cabeza. Ahí es cuando se capta o
no se capta la atención del lector. Para eso hay estrategias variadas: la
concentración de información que solían llamar pirámide gay, el relato de una
situación o anécdota interesante, el atractivo de un dato sorprendente, el
establecimiento de un enigma a resolver y tantas más. Entre los cambios
formales que introdujo entre nosotros el abuelito P/12 estaba el uso, en la
cabeza, de esas historias, diálogos, anécdotas o datos que invitaban a seguir.
Las opciones son varias, y se puede
elegir; lo que no se puede, de ningún modo, es aburrir, banalizar, darle al
lector la sensación de que va a leer un informe burocrático sobre lo que ya
sabe o no quiere saber.
Encontrar esa cabeza es el foco del
periodista cuando se sienta ante su máquina. Un buen truco consiste en pensar
qué le contaríamos a un amigo imaginario, mujer, marido, concubinos diversos a
la vuelta de un viaje o una noche agitada. Qué nos impresionó más, qué nos
llamó más la atención: qué puede llamarle la atención al interlocutor, como
para que no deje de escuchar.
A partir de allí, la receta es tan
simple que muy pocos la usan: desplegar información, datos y más datos,
procurar que cada párrafo tenga por lo menos uno. Por supuesto que los datos no
son sólo números y declaraciones; la camisa a rayitas de un ministro puede serlo,
su mueca, el cuadro de detrás, el recuerdo de lo que dijo hace dos meses,
tantas cosas, si ayudan a entender lo que se está contando.
Y, al final, bandera roja de remate.
Los textos no se desvanecen; acaban, culminan en un remate digno. Remate no significa
moraleja, consejo, editorial sedicente o solapada, sino un dato que funcione
como síntesis, paradoja, puesta en cuestión, chanchán.
Editoriales sedicentes.
Las notas no son banquitos: no deben
usarse para subirse encima, levantar el dedo y decir sho opino que. Por
supuesto, cada cual tiene una opinión sobre cada cosa, y esa opinión influye en
lo que escribe. Pero no hay nada más pavo que manifestar esa opinión con
diatribas, chistecitos, guiños de ojo. Es una forma segura de incomodar al
lector y, con frecuencia, de espantarlo: de darle una excusa fácil para que
descalifique lo que uno lo cuenta: ah, éste me quiere convencer de que el
capitalismo es una mierda. Si alguien quisiera –dios no lo permita– exponer
semejante idea o cualquier otra, lo haría en la forma en que categoriza lo que
cuenta: qué dice primero, qué después, qué datos junta o separa, qué subraya,
en cuáles se extiende, en cuáles no. Es lo que hacemos todos todo el tiempo,
aunque la mayoría simule que no y se escude tras la famosa objetividad,
trabajadora sexual de precio escaso. Y, ya que lo hacemos con o sin intención,
mejor es con.
Personas.
Muchos de ustedes saben –o por lo
menos han oído comentar– que el verbo en castellano admite tres personas –y
otras tres en plural, que ahora no nos interesan. La segunda tampoco es asunto
nuestro: son contadas las notas que alguien alguna vez escribió en segunda
persona. Se va la segunda.
La más habitual, por supuesto, es la
tercera: si no media una razón muy poderosa, las notas de este diario se
escriben en tercera persona.
Hay, sin embargo, de tanto en tanto,
historias que justifican el uso de la primera: situaciones en que la presencia
del cronista –sus experiencias, sus observaciones– forma parte de lo que
queremos contar. Hay que dosificar muchísimo este uso. Y aún así, cuando
corresponda, importa cuidar la diferencia fundamental entre escribir en primera
persona y escribir sobre la primera persona. El cronista, aun cuando dice yo,
tiene que centrarse siempre en lo que cuenta. Que un fulano haya estado en tal
lugar nos importa un carajo si no sirve para contarnos mejor lo que pasaba.
Unas palabras.
–Escribir es, contra todo lo que se
pueda pensar, un ejercicio muy simple: consiste en elegir palabras. Ni mucho
más ni mucho menos: ELEGIR palabras.
Cada cinco, siete, ocho, tres, nueve
tecleos hemos elegido una palabra en lugar de tantas otras. Interesémonos por
las palabras: son la materia prima. El asunto sería saber –tratar de saber,
dentro de lo posible– por qué, en cada momento, estamos eligiendo ésta y no
aquéllas. Cuanto más sepamos por qué elegimos cada palabra, mejor vamos a
escribir, decía Perogrullo, y escribía cualquier paparruchada.
Es triste –es tan triste– ver cómo
tantas veces tanta gente escribe lo que no quería escribir: cuando usa una
palabra que no dice lo que quería decir sino otra cosa. Hay que tratar de
dominar a las palabras, para no dejarse dominar por ellas. Saber qué es lo que
uno dice cuando dice: escribir.
(En caso de duda –y es bueno dudar
cuando uno no sabe, lo difícil es saber que no se sabe–, el diccionario es un
amigo fiel, perrito sanbernardo. Muy útil, en estos tiempos cibernéticos, un
sitio ibérico: www.fundeu.es, la “Fundación del Español Urgente”).
–En los textos periodísticos abundan
lo que alguien llamó las “segundas palabras”, o sea: esos exabruptos que
aparecen cuando el periodista piensa hospital y escribe nosocomio, piensa llegó
y escribe arribó, piensa entró y escribe ingresó, piensa después y escribe
luego, piensa policía y escribe servidor del orden, piensa calle y escribe vía
pública, piensa termómetro y escribe columna mercurial y así de seguido o
sucesivamente. (Nos dirán que este párrafo es falaz: describe a un periodista
que piensa como doce veces; es sólo una hipótesis).
Esas segundas palabras –o lugares
comunes, muy comunes– llegan a la jerigonza de prensa por contagio: suelen
venir de jergas policiales, políticas, deportivas. Pero un texto periodístico
no es un campeonato de sinonimia, y en general las segundas palabras son mucho
más imprecisas, feas y berretas que las primeras. Así que, salvo error u
omisión: ¡usen las primeras palabras, que tan bien dicen lo que dicen!
Una variante particularmente
insidiosa de las segundas palabras son los eufemismos. Duro con ellos: la
guerra de Irak es guerra y no conflicto. Si hay torturas no es abuso. Un
reajuste o reestructuración de tarifas suele ser un aumento.
Otra son las siamesas. Hay palabras
que se siamesaron y formaron monstruitos antipáticos: la atención ya no puede
ser llamada poderosamente, los admiradores no son más fervientes, el dramatismo
hondo, las lloviznas pertinaces. Empuñen, sin temblor, el bisturí: para reinar,
dividan.
–Mientras no se demuestre lo
contrario, el lugar de los adjetivos está después de los sustantivos. Los
adjetivos están muy cómodos detrás, soplando nucas: la estructura con que
pensamos nuestro idioma tiende a situar primero el sustantivo y después adjetivarlo
–a diferencia, por ejemplo, del inglés. En el castellano corriente el adjetivo
antepuesto es un signo de la misma supuesta belleza mersokitsch donde militan
las segundas palabras: aquel bello jarrón y sus violetas flores.
Los adjetivos, además, deben
mezquinarse. Son como la merca, un suponer: un pase de vez en cuando te puede
poner en órbita, pero si no parás vas a necesitar cada vez más para producir
algún efecto. Así, los adjetivos: para que sirvan, para que adjetiven, no deben
ser una costumbre sino un sacudón que aparece cada tanto. Caso extremo: dos o
más adjetivos sobre un solo sustantivo lo destruyen –y destruyen, en general,
al periodista que los arroja cual confetti viejo.
–Los verbos tienen tiempos y los
tiempos son tiranos. No al libertinaje: cuando uno empieza a escribir en un
tiempo debe sostenerlo a lo largo del texto. Puestos a elegir, el pasado suele
ser el más útil, manejable, creíble.
Los verbos se relacionan entre sí
según reglas, los muy rigídos. Existe lo que los antiguos llamaban la
“consecutio temporum”, o correspondencia de los tiempos. No se puede decir “me
dijo que piensa en mí”, sino “me dijo que pensaba en mí” –sí, la saben.
¿Entonces por qué todos escriben “no soporté que me hable de él” en vez de “no
soporté que me hablara –o hablase– de él”?
Conviene –conviene es poco– evitar
los verbos en infinitivo y utilizar siempre que sea posible las conjugaciones.
Nada lleva adelante una narración tanto como el verbo. Verbos simples,
directos, decididos. El verbo es la forma de describir una acción. Y, para no
ir contra su esencia, quedan mucho mejor cuando se los usa en activa. La
naturaleza del verbo es la voz activa. La pasiva, en cambio, es un bar clásico
de la avenida 18 de Julio, Montevideo, Uruguay, vamos con los franfruter.
Y, por si no lo notaron: los
gerundios huelen a podrido. Todos son feos, sucios, malos, pero algunos son
venenosos: nos referimos a esta noble adición –¿adicción?– reciente a nuestro
idioma consistente en utilizar el gerundio anglo para decir –y creerse que uno
es muy fashion o muy corporativo o muy moderno– “las clases van a estar
empezando el 2 de marzo”. Los que vayan a estar usando semejante adefesio van a
estar escribiendo la lista de las compras mucho antes de lo que pueden estar
imaginando. Así de mal.
–El sujeto y el verbo se necesitan
como el sol y su luz, la perra y su baba, este diario y ustedes, la demagogia y
yo –o lo que sea. No hay nada más letal para esa relación que intercalarles una
coma. Las comas son la segunda causa de muerte en accidente laboral
periodístico pero, aún así, queridos desairados: las comas no sirven para
respirar, sino para darle estructura a una frase.
La coma es un signo ortográfico que
organiza el sentido de una oración. Así como con el punto termino una exposición
y empiezo otra, la coma sirve para que dentro de una idea haya un sector
separado del otro: lo que aparece entre comas, por ejemplo, es una enunciación
de otro nivel. Por eso, si uno pone una coma al empezar ese sector debe poner
otra cuando el sector termina, para indicar que ha vuelto a la idea principal.
En tal caso, uno debe poder sacar la frase que ha quedado encerrada entre comas
y la frase principal debe conservar su sentido, su sujeto, su predicado. La
coma también sirve para acumular unidades de una enumeración: los perros, los
gatos, los periodistas, los sillones. O para separar un complemento de tiempo,
de lugar, de causa, de modo: en aquellos días, algunos escribían en castellano.
Hay más posibilidades, que no vamos a agotar. Pero una coma mal puesta, queda
dicho, es arma muy nociva para todos y, más que nada, un búmerang fatal. Así
que, en caso de duda, por favor abstenerse.
La coma abunda silvestre; el punto y
coma, en cambio, tan útil, es animal raro. El punto y coma, como su nombre podría
indicar, es poco más que una coma y poco menos que un punto. Cuando se quiere
separar dos ideas, pero no tanto como para decir aquí termina una enunciación y
empieza decididamente otra, se puede usar el punto y coma. En periodismo no se
usa casi nunca. Ha sido reemplazado por el punto: seguimos resignando
posibilidades, activos trabajosamente adquiridos a lo largo de siglos,
rematando las joyas de la abuela.
Y los nunca bien ponderados dos
puntos: un modo tan gauchito de establecer una sucesión causal –u otras– sin
tener que hundirse en chucruts tales como “por lo tanto”, “en consecuencia” y
tantos más que la pluma repele.
Los tres puntos, en cambio, como ha
quedado claro en simposio reciente, son caca de la vaca: sono fuori.
–Estamos, grosso modo, en contra de
las relaciones de poder: las oraciones subordinadas, subordinadas como están a
otras oraciones, suelen ser un espectáculo denigrante para cualquier amante de
las libertades públicas. Y, además, complican, pesan, aburren, atontan. Cuando
vayan a usarlas, piensenlon dos veces, a ver si encuentran otra solución. Casi
siempre las hay.
–Un problema habitual: cómo empiezo
esta frase. A veces se complica: uno se cree obligado a alguna introducción, a
poner algo antes para ayudarse, una muleta que no sirve para nada: antes de
hablar quesería decir unas palabras. Usamos algún tipo de adverbial de tiempo o
de consecuencia –entonces, por lo tanto, sin embargo y el larguísimo etcétera–
y ésos suelen ser los momentos más pesados de una frase. Hay que cuidar esas
transiciones: crecen silvestres, son dañinas, pueden arruinar cualquier jardín.
La forma en que uno empieza la frase determina de qué modo se va a leer. Chequeen
la frase sin esos conectivos: tantas veces se van a dar cuenta de que no
servían ni pa’aca y, sin ellos, al final, la vida sigue igual –o mucho mejor.
Otro principio triste es el
académico-forense: uno que te dice ésta es la historia del perro que mordió al
futbolista, y después te cuenta la historia del perro que mordió al futbolista.
Sí, papá, ya me lo habías dicho. En principio, en los principios, no hay que
enunciar lo que se va a hacer sino hacerlo. Y lo mismo en cualquier otro lado.
–La primera cita –y las demás, que
todas nos excitan en este amor que persevera. Cuando lo que alguien dice
resulta tan maravilloso fascinante estremecedor como para merecer una cita
directa –entre comillas si está dentro de un texto, tras guión si va en una
entrevista–, la frase del citado o entrevistado debe aparecer con su sintaxis y
forma original. No somos la oficina de prensa de los entrevistados, para andar
mejorándoles la prosa. Y, sobre todo: la forma en que alguien dice las cosas es
tan importante, tan significativa, como las cosas que trata de decir.
Por otro lado: el castellano ofrece
unas 100.000 palabras. Se sospecha que un argentino medio sólo módicamente
analfabeto usa, en promedio, entre dos y tres mil. O sea: hay muchas, no es
necesario decir Crítica cada dos renglones –ni, mucho menos, este diario, esta
publicación, este periódico, aggg. Cuando alguien habla en una nota, es
bastante probable que se lo haya “dicho a Crítica”: no vale la pena repetirlo
como si tuviéramos que convencer a alguien –convencernos– de que algunos nos
hablan.
–Pero, más en general, cuando uno
relee su nota –quizás la primera, o la segunda, o la tercera vez que relee,
porque releer lo propio es una práctica casi tan útil como leer lo ajeno–,
encuentra que ha incluido materia innecesaria. Es el momento de eliminar las
adiposidades: liposucción de las palabras. La aspiración máxima es que todo lo
que haya en el texto sea necesario: descartar lo superfluo, lo que no quiere
decir necesariamente ser seco ni austero ni antipático ni malaonda. Sólo
preciso, sólo capaz de elegir y dominar las palabras usadas y de contar lo que
vale la pena de ser contado.
En esa relectura, ya que estamos,
canten: ¿suena bien lo que acaban de escribir? Más allá de los significados, un
texto también es un conjunto de sonidos. Leerlo, oírlo, repetirlo, ver qué
suena mejor. Buscar frases entonadas. Para lograr un ritmo, un arrullo, es
central ir oyendo lo que se escribe y hacer pequeños ajustes que permitan que
cada frase fluya. Eliminar esos ruidos que parecen tonterías pero marcan
diferencia. Hacer que el texto cante, aunque sea bajito, desfinado, mal,
duchado pero cante.
–El mundo está lleno de palabras mal
usadas, pero qué bello sería que Crítica no rebosara de ellas. Esperamos que
esta lista se expanda con sus amables colaboraciones. De mientras, algunos
ejemplos:
Primer tiene femenino. Aunque no lo
crean, aunque imaginen que son todas de segunda, las mujeres también pueden ser
primeras. Así que no existe la primer vez, existe la primera vez –y así
sucesivamente. O sea: el femenino de primer no es primer sino primera.
No es tan fácil esperar por. Se puede
esperar por boludo, por quedado, por optimista, por tantas razones, pero en
cada uno de esos casos el esperador espera a o simplemente espera. Si espera a
una persona espera a; si espera una cosa espera. Pero no por, por favor.
Si no saben si sino se escribe sino o
si no, siempre pueden ir y preguntar. Por ahora: si no es sino de destino, si
no quiere decir que no tienen que escribir eso sino esto, sino se escribe si
no. Y si no, sino. Más claro, agua, vecino.
El castellano rebosa de adverbios de
cantidad: mucho, más, menos, poco, bastante, demasiado, muy, mucho, apenas,
casi, algo, nada, entre otros. “Fuerte” no es uno de ellos, por más que Clarín
parezca creerlo y lo haya convertido en su gran aporte al idioma de los
argentinos. Si quieren, usenlo: sepan que estarán mimando a uno de los diarios
peor escritos de la lengua.
Cuando alguien dice, dice. No
confiesa, revela, asegura, repite, define, declara, subraya, etcétera etcétera.
Confesar, revelar, asegurar, repetir, definir, declarar, subrayar etcétera
etcétera son acciones muy precisas, distintas entre sí y distintas de decir, y
hay que guardar esos verbos para cuando eso es lo que el personaje hace. Cuando
no hace nada de eso, cuando dice, dice, y nosotros somos valientes y, sin
miedo, decimos que dice –y que al que no le guste tururú y que se anote en
aquel torneo de sinonimia, a ver cómo le va.
Y así hasta el infinito, o un poco
más acá, que tampoco es tan cerca.